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Publicado: 18/10/2009
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Fuente: Página 12 Turismo

Viaje a través del paisaje jujeño y su geografía indómita, en una vuelta que comienza con el verde intenso de las yungas para concluir en la blanca aridez de un desierto de sal. A los grandes panoramas se suma la riqueza de una historia ancestral.

Jujuy es tierra de contrastes. Por paradójico que parezca, una de las más pequeñas provincias argentinas encierra gran variedad de climas y paisajes, que se van transformando a medida que recorremos de punta a punta el último recodo del país: desde el subtropicalismo selvático de las verdes yungas hasta la aridez amarronada de la Puna y sus desconcertantes amplitudes térmicas, pasando por temperaturas agradables y menos extremas en sus ricos valles y quebradas, que estallan en cerros de mil colores.

Jujuy conserva costumbres ancestrales. Sus pobladores originarios son gente sencilla y amable, aunque un tanto esquiva, que rinde culto a la tierra y sus bondades, celebrando la vida en coloridas fiestas populares donde el pueblo se desata a pura chicha, copla y carnavalito.

Jujuy deleita con sus platos típicos. Humitas en chala, tamales, empanadas, choclo con queso de cabra, guisos, locro, carne de llama en todas sus variedades, cordero asado, quesillos y una colorida variedad de papa andina, que con el maíz y la quinoa complementan las más diversas preparaciones tradicionales, vivas a través de las generaciones.

Jujuy tiene adrenalina. Caminatas, cabalgatas y mountain bike; rappel, tirolesa y parapente forman parte del variado menú aventurero de la provincia más norteña del norte.

La primavera resulta una temporada ideal para visitar este último rincón de la Argentina, en un itinerario que lleva a pasear por el sorprendente Parque Nacional Calilegua, la espectacular Quebrada de Humahauca, los pueblos perdidos de la Puna y las increíbles Salinas Grandes.

LAS YUNGAS

La “zona verde” del territorio jujeño es, quizá, la más ignorada por quienes visitan Jujuy. El Parque Nacional Calilegua, que ocupa unas 76.000 hectáreas de vegetación tupida merced a la humedad del clima, está ubicado en la zona más baja de la provincia, a 450 metros de altura, que en los picos de los cerros Amarillo y Hermoso llegan hasta los 3000 metros sobre el nivel del mar. Calilegua, a poco más de cien kilómetros San Salvador de Jujuy, es entonces el punto de partida ideal para una incursión jujeña.

La RP 83 atraviesa el Parque por un sinuoso camino de cornisa que trepa hasta los 1800 metros. Allí hay dos seccionales de guardaparques: Aguas Negras y Mesadas de las Colmenas, que sirven de base para internarse en la selva. Aquí, emulando a los antiguos pobladores collas y guaraníes que aún hoy habitan la región, la primera consigna es caminar... y mucho.

El sendero más novedoso es justamente el de la comunidad Abba Guaraní. Es un recorrido corto que comienza a unos metros de Aguas Negras. Lo más interesante es que a lo largo del paseo los guías de la comunidad van narrando sus costumbres, tradiciones y leyendas. Desde Aguas Negras también se pueden encarar diversos trekking hacia una variedad de senderos que presentan distintos grados de dificultad. El Sendero La Herradura, relativamente fácil, recorre parte de la selva pedemontana. Subiendo la apuesta, entre los de nivel medio, resulta muy atractivo el recorrido por el Sendero al Mirador, desde donde se puede ver el valle del río San Lorenzo. Andando por el Sendero a la Lagunita se pueden divisar algunas aves y ejemplares de fauna acuática, y el regreso es por el arroyo de Aguas Negras. El Sendero Tataupá, uno de los más complicados, también se adentra en la parte de la selva más baja, y pega la vuelta por el cauce del Arroyo Negrito.

Dentro del parque también hay lugar para andar en bicicleta, a través de una bicisenda especialmente demarcada de la que no se puede salir, o simplemente pedaleando por el trazado de la Ruta 83. Lo que no hay, extrañamente, son cabalgatas. Y un dato a tener en cuenta: no se cobra entrada, ya que este Parque Nacional tiene la particularidad de estar atravesado por una ruta provincial.

En Calilegua se encuentra uno de los ecosistemas más diversos del territorio nacional. En este lugar, hábitat ideal de una nutrida flora y fauna, se pasean en absoluta libertad especies como el yaguareté, el huemul del norte, el lobito de río y el tapir, entre muchos otros. Además, surcan sus cielos unas 300 especies de aves, lo que representa un imán irresistible para amantes del birdwatching, una actividad que lentamente va sumando adeptos en todo el mundo. Joaquín Carrillo, experimentado guía y actual presidente de la Cámara de Turismo de Jujuy, adelanta a TurismoI12 que están trabajando con el objetivo de armar senderos especiales para la observación de aves, desarrollar un circuito para practicar canopy y construir un Centro de Interpretación Turística en Barro Negro. “Los atractivos naturales del parque son espectaculares, pero hoy en día no se los aprovecha”, asegura Carrillo.

LA QUEBRADA

Humahuaca es un lugar del que varias generaciones oyeron cantar, sin conciencia tal vez de que aquel fantástico sitio donde las vacas estudiaban realmente existía. Pero actualmente, y en contraste con Calilegua, esta región –que se ganó el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco a fuerza de belleza natural y una riquísima herencia cultural– es una de las más visitadas del norte argentino.

Volcán, el “pórtico de la Quebrada”, es el primer poblado al que se accede viniendo desde Jujuy por la impecable RN 9. Ahí nomás, al lado del camino, descansan los rieles en desuso de la antigua red ferroviaria. Juana Mamani se pasea junto a su llamita, apodada Rulito, por las inmediaciones del galpón abandonado y hoy convertido en la Feria Campesina de Quebrada y Puna, donde los pobladores exhiben y comercializan sus artesanías típicas. El diálogo con Juana dista de ser fluido mientras ingresamos a la feria tras los pasos de Rulito, que se dirige al puesto de su dueña y husmea con llamativa curiosidad los tejidos de... lana de llama. Luego, al lado del galpón visitamos el viejo casco de la estación, reciclado en un prolijo Centro de Interpretación donde un amable guía nos introduce en el fantástico mundo quebradeño.

Purmamarca, famosa por el Cerro de los Siete Colores, es la siguiente parada rumbo norte en este itinerario. A media mañana y más de 2000 metros de altitud, el sol fustiga apenas se desciende del vehículo para observar el cerro desde el lugar indicado, donde una docena de lugareños aguardan la llegada del turista con la renovada ilusión de vender alguna de sus artesanías, un puñado de coca, o una sabrosa empanada. La vida de Purmamarca, como en la mayoría de los pueblitos de por aquí, parece girar en torno de la plaza, donde proliferan los puestos de artesanías y la bella y prolija iglesia, declarada Monumento Histórico Nacional.

No hay que irse de aquí sin pegarse una vuelta por el Paseo de los Colorados: a pie, a caballo, en bici o en auto, bien vale la pena internarse en este circuito de apenas tres kilómetros de montañas bañadas de rojo y sorprendentes geoformas. Lo más lindo, sin embargo, es perderse entre las callejuelas aledañas y disfrutar los sonidos del silencio, que tan bien se escuchan al amparo del cerro y su paleta, que ostenta no sólo siete sino mil y un colores.

Camino a Tilcara, en la entrada de Maimará llama la atención el extraño y bonito cementerio que se erige sobre el cerro a la vera del camino. Las cruces aquí se adornan con flores de papel multicolor. Por detrás, mucho más alto y ultracolorido, asoma un cerro conocido como la Paleta del Pintor, otra muestra acabada de la belleza con que fue esculpida la Quebrada de Humahuaca.

Pocos kilómetros más adelante el Pucará de Tilcara, habitado por un sinfín de cardones, da la bienvenida a uno los parajes más visitados y pintorescos de toda la quebrada. Tilcara es una buena alternativa para hacer noche en el recorrido quebradeño. Hay una buena variedad de alojamientos y restaurantes para todos los gustos y presupuestos, además de entretenidas peñas que animan las veladas tilcareñas a puro folklore.

El Pucará, una antigua fortaleza de la cultura omaguaca que albergaba viviendas, corrales y santuarios, fue reconstruido totalmente y es una visita obligada para todo el que pase por aquí. Entretanto, para quienes disfrutan de andar en pos de una buena recompensa, se impone una extensa caminata hasta la Garganta del Diablo, un cañón a seis kilómetros del pueblo que esconde una solitaria cascada natural de fuerza demoledora.

La última parada de este recorrido nos deja en Humahuaca, el poblado más grande de la región. En los alrededores de la terminal el movimiento es incesante, salvo en horas de siesta. Varias cholitas ofrecen sus potentes empanadas de papa a los pasajeros, otras se desplazan cargadas cual equecos, mientras algunas pasan las horas inmóviles, sentadas frente a su pequeño puesto de feria callejera. Los más pequeños, mientras tanto, corretean tras la propina de los turistas que llegan gracias al arribo incesante de los ómnibus. Las callejuelas centrales de Humahuaca, que desembocan en la plaza principal frente a la iglesia, justo al pie del gigantesco monumento a Güemes, están llenas de tiendas que venden recuerdos y restaurantes con delicias locales.

Mientras tanto, a 25 kilómetros de aquí, por un sinuoso y angosto camino de ripio al que no acceden los ómnibus, se llega a las Serranías del Hornocal, un cerro poco visitado, pero más colorido aún que el de los Siete Colores o la Paleta del Pintor. Vale la pena entonces dedicarle una escapada.

LA PUNA, OTRO MUNDO

Continuando el trazado de la Ruta 9 hacia el norte, llegamos a Abra Pampa, puerta de entrada y “capital” de la Puna, un lugar que nos permitirá introducirnos en el árido mundo puneño, donde mascar coca es una buena alternativa para evitar el mal de altura. Aquí hilan, tejen y tiñen sus ponchos, guantes, medias, mantas y alfombras un grupo de mujeres de la cooperativa “Por un nuevo hombre americano” (Punha), que iniciaron este proyecto hace unos veinte años. Hoy sus productos llegan hasta sitios tan remotos como Buenos Aires o Bariloche.

Partiendo de Abra Pampa se pueden visitar varios de los caseríos que pueblan la Puna infinita y uniforme, como Casabindo. Para llegar hasta este poblado perdido en la inmensidad hay que recorrer unos 50 kilómetros por camino de ripio. Casabindo es célebre en estos pagos por dos razones fundamentales: la fiesta del Toreo de la Vincha, ancestral corrida de toros en que se realiza el 15 de agosto en honor a la Virgen de la Asunción, y por su iglesia, considerada la catedral de la Puna, decorada en el interior por las antiguas, curiosas y bellas pinturas de los ángeles arcabuceros. La corrida, en la que no se mata al animal, consiste en arrebatarle una vincha al toro para ofrendársela a la Virgen. Esta celebración despierta cada vez mas curiosidad, y año tras año se incrementa notablemente el número de visitantes –este último año fueron unas 5000 personas– que se acercan a este lugar, donde viven todo el año apenas unas cincuenta familias.

Para completar la vuelta a la Puna y sus cielos diáfanos, seguimos derecho hacia el sur por la RP 11 hasta toparnos con un inmenso y resplandeciente desierto blanco, las imperdibles Salinas Grandes. El efecto de la altura se hace sentir en esta planicie a 3500 metros sobre el nivel del mar, donde el sol resplandece y enceguece, y hasta donde llegan a diario a trabajar hombres y mujeres de rostros curtidos que habitan en las solitarias poblaciones de los alrededores.

El camino asfaltado que surca este paisaje hermoso y singular parece lo único que rompe con el entramado infinito del dibujo salino. Sólo los montículos de sal acumulados a un lado y otro de los piletones luego de extraído el mineral quiebran la bella y extensa monotonía blanca, que en los meses de invierno se ve un tanto gris.

Luego de un extensa jornada de gira puneña, nos dirigimos nuevamente hacia la Quebrada de Humahuaca por la RN 52 con destino final en San Salvador, previo paso por uno de los trazados más hermosos del país: la Cuesta de Lipán. Arrancamos desde los 4100 metros de su punto más alto en el Abra del Lipán, serpenteando una y otra vez por este camino sinuoso, de vegetación rala y llamas desperdigadas, hasta los 2000 metros de Purmamarca. Dan ganas de volver a subir y descenderlo nuevamente, una y otra vez. Tantas ganas como de volver a Jujuy, breve tierra de tierra de infinitos contrastes.

Fuente: Página 12 Turismo
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1636-2009-10-18.html


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