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Publicado: 02/05/2010
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Fuente: Página 12 Turismo

En el departamento catamarqueño de Tinogasta, una serie de tranquilos pueblitos conservan numerosas casas, iglesias y oratorios de adobe, algunos levantados hace ya siglos. Las técnicas de construcción en tierra, inauguradas en la zona por los pobladores diaguitas, se aplican con éxito hasta hoy.

En el árido oeste de Catamarca se levanta un pequeño mundo de construcciones de adobe que nacieron a partir del siglo XVII, cuando la región aún era tierra diaguita, y siguieron desarrollándose durante la época colonial y hasta nuestros días. Hoy se las conoce con el nombre turístico de la “Ruta del Adobe”, un circuito de unos 55 kilómetros entre los pueblos de Tinogasta y Fiambalá: allí, en silencio pero con perseverancia, existen todavía iglesias y oratorios de comienzos del siglo XVIII, junto a los restos de una ciudad diaguita hecha también de barro y agua. Pero lo más significativo es que esa “cultura del adobe” prefigurada por los diaguitas sigue vigente hasta hoy en pueblitos donde casi todas las casas son de ese material. No se trata sólo de las moradas más antiguas, de hasta 200 años, ya que a veces también las nuevas se levantan con las técnicas de aquellos tiempos. Y en muchos casos, los bloques de esas casas son moldeados con las manos por las mismas personas que luego las habitarán.

Primeros pasos

En el pueblo de Tinogasta, de unos seis mil habitantes, el 70 por ciento de las casas es de adobe, muchas de ellas con piso de tierra y techo de caña. No hay que confundirlo con una señal de pobreza; es la continuación de una tradición práctica y económica que en este clima más que seco invita a vivir en casas capaces de mantener el calor en las frías noches de invierno, y la frescura durante los calcinantes veranos catamarqueños. Como en la zona casi nunca llueve, los materiales resisten inmunes el paso del tiempo.
La Comandancia de Fiambalá, un edificio administrativo de comienzos del siglo XVIII.

Saliendo de Tinogasta por la RN 60, recorriendo 15 kilómetros hacia el norte, se llega a El Puesto, un pueblito de 500 habitantes que parece detenido en el tiempo, con casi todas sus casas de adobe. Allí se levanta el Oratorio de los Orquera, una exquisita pieza arquitectónica de adobe resuelta con magistral sencillez. Data de 1740, y surgió siguiendo la tradición de los oratorios privados, pequeñas iglesias que se levantaban en las estancias cuando no había un templo cerca.

Además de la fineza del diseño, una particularidad de este oratorio es que no fue levantado con bloques de adobe sino con moldes de madera que, siguiendo una fórmula tomada de los diaguitas, se rellenaban con una mezcla de arcilla, paja y estiércol de 70 centímetros de espesor. Los tirantes del techo son de madera de algarrobo curva (los troncos aún verdes se metían en el río para lograr doblarlos), y se cree que son los originales de 1740, al igual que la puerta. Llama la atención que la torre del campanario carezca de campana, pero se debe a que fue fundida para hacer una más grande que ahora está en la iglesia de Andacollo. El interior del oratorio es sencillísimo, con tres nichos muy rústicos, un confesionario de algarrobo macizo y varias imágenes de la escuela cuzqueña, entre ellas una pintura de la Virgen amamantando al niño Jesús (1717) y un San Antonio muy pequeño de madera.

A un costado del oratorio, una antigua habitación con paredes y piso de adobe se mantiene tal como era en tiempos de la Colonia: allí hay un museo con objetos cotidianos que documentan doscientos años de vida de las diferentes generaciones de la familia Orquera, siempre dueños de la casa y la iglesita. En el cuarto se exhiben objetos que van desde una gran petaca de cuero hasta primitivas planchas, una fonola y vasijas diaguitas.

Unos kilómetros más adelante aparece cerca de la ruta una iglesia en medio de la nada, con un telón de montañas de fondo. A simple vista resulta inexplicable que semejante iglesia, con un elegante portal neoclásico, haya surgido sin una sola casa alrededor. Pero en verdad es la iglesia del pueblo de La Falda, que fue llevado por el río en 1930 y reconstruido a algunos kilómetros de este lugar. La iglesia, que había quedado en ruinas, fue restaurada en el año 2001. Por si fuera poco, también fue afectada por un sismo... La reconstrucción se hizo siguiendo el modelo original, con cuatro columnas clásicas de adobe a las que se suman una entrada con arco de medio punto y molduras talladas con cemento y cal. Se calcula que la iglesia fue levantada a mediados del siglo XIX –es más moderna que las otras del circuito– y por eso tiene dos torres campanario, techo a dos aguas y un vestíbulo de entrada. Pero lo más llamativo es su retablo, totalmente moldeado en adobe.

Rumbo a Anillaco

Desde El Puesto, la RN 60 sigue con rumbo norte hacia Anillaco, homónimo del más célebre pueblito riojano, en paralelo a las Sierras de Fiambalá. A los cinco kilómetros, un camino de tierra que sale de la ruta conduce hasta la solitaria iglesia de Anillaco, levantada en 1712, la más antigua de las que permanecen en pie en la provincia. Su origen remite a un oratorio familiar levantado por mano de obra aborigen bajo las órdenes del primer español que se instaló en la zona en 1687: Juan Gregorio Bazán de Pedraza IV. Este hombre trajo consigo un linaje familiar de colonizadores que habían fundado ciudades en el Nuevo Mundo, y como premio se le otorgó en Anillaco una vasta merced de 100 leguas cuadradas.

Bazán de Pedraza se dedicó al engorde de animales con el cultivo de alfalfa, sobre todo mulas que exportaba hacia las minas de Potosí. Con las riquezas que producía la finca pudo levantar su oratorio familiar, aún en pie aunque restaurado, ya que hace varias décadas un rayo tumbó un algarrobo que estaba enfrente y provocó el derrumbe de la fachada. En el interior se pueden ver claramente tres desniveles del piso que marcaban otros tantos espacios bien segmentados: los dueños de casa y los sacerdotes iban en el nivel más alto, seguidos por el resto de la clase alta en el intermedio, y la clase baja en el nivel inferior. El templo carece de ventanas, ya que a veces oficiaba de fortaleza ante algunas rebeliones indias.

El templo de San Pedro

La Ruta del Adobe termina en las afueras del pueblo de Fiambalá, en el Templo de San Pedro, levantado en 1770. Su exquisita factura de adobe encalado tiene influencias del estilo colonial boliviano, con un pequeño muro perimetral y un alto campanario. El templo lo hizo levantar Domingo Carrizo, un descendiente de los primeros españoles en la zona, para entronizar una talla de madera con la imagen articulada de San Pedro, a quien se ve sentado en el centro del altar. Lo curioso es que a San Pedro los fieles le cambian los zapatos todos los años porque “se le gastan, ya que es un santo muy caminador que visita a los feligreses”. En la sacristía se puede ver un gran arcón de madera con todo tipo de zapatos, ofrendas de los fieles por los pedidos cumplidos.

A un costado del Templo de San Pedro hay un edificio administrativo de tiempos de la Colonia, también construido con puro adobe, y llamado la Comandancia o Plaza de Armas. En el interior hay una antiquísimo y borroso fresco de tres metros de alto por cuatro de ancho con imágenes de ángeles arcabuceros. El origen de estos singulares cuadros remite a unos pintores mestizos del Cuzco, a quienes se les encargó pintar ángeles. Y como los pintores carecían de un modelo que copiar, los españoles les explicaron que los ángeles eran como ellos pero con alas. De allí surgieron estos excéntricos ángeles con rostro de belleza casi femenina, alas celestiales, sombrero de ala ancha, trajes de brocado bordado en oro similares a los de los soldados de Carlos II, y los llamativos arcabuces al hombro, igual que el común de los españoles.

Fuente: Página 12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1781-2010-05-02.html


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