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Publicado: 03/01/2010
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Fuente: Clarín Turismo

Un recorrido por el patrimonio arquitectónico de la capital provincial, entre la iglesia de San Francisco y la gran Catedral.

Miramos una iglesia altísima, confirmamos que es la indicada en el mapa, nos sacamos una foto adelante, damos una vuelta por adentro y seguimos. O sea, no estuvimos. Pero tenemos otra oportunidad. El niño que llevamos dentro nos contradice y se queda frente a la iglesia.

Está en silencio, porque lo ha dejado sin habla la maravilla que ve. No lo arranquemos para apurarlo hacia otro prodigio que tampoco apreciaremos. Respetémoslo, algo ha visto. Ha visto el descomunal trabajo de los hombres para erigir aquello. Ha visto la filigrana de la belleza tallando cada detalle. Ha visto la vida de los salteños transcurriendo alrededor de esa iglesia. Y ha visto el tiempo. El transcurrir de los siglos. Alguien debió colocar un banco donde está parado el niño, para que uno pueda explorar el milagro de la laboriosidad humana.

A cada paso en este recorrido por los monumentos históricos y arquitectónicos de Salta capital quedamos maravillados.

Convento de San Bernardo

Todo lo que ha pasado para que lleguemos aquí se nos impone en Salta con personalidad. El sobrio convento de San Bernardo es blanco y macizo. Pertenece a una época anterior a la colonia, cuando Salta aún era sueño.

San Bernardo fue el primer patrón de la ciudad. ¿Quién le otorgó ese título? Aquí todo tiene su historia. Un día los indios decidieron borrar del valle el asentamiento de los conquistadores, pero en uno de los ataques la figura de un breve varón pálido y solitario, con una capa blanca que ondulaba un viento irreal, los aterrorizó.

Dos de los infieles que habían huido entraron con los años a la ermita de adobe con destino de convento y dieron un alarido al ver al hombrecito que los había espantado misteriosamente con su bondad.

Los terremotos y los siglos hicieron lo posible por carcomer el convento hasta la muerte, pero los salteños, civilizadores empedernidos, no sólo lo impidieron sino que establecieron allí un hospital donde atendieron a los patriotas fundacionales de los albores de la Argentina, y luego un convento para que el candor de las carmelitas iluminara la ciudad secretamente. No es un edificio de vocación esplendorosa. En él Dios anda ocupado con sus hijos que sufren. No se exhibe. Con más modestia que entusiasmo ha aceptado el portal más fabuloso del valle. Nuestro niño lo observa azorado por la infinita aplicación con que lo construyeron aquellos lejanos indios despavoridos por el santito blanco.

Iglesia de la Candelaria

A unas cuadras se presenta la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria de la Viña. El mero nombre ya es un poema que les marca a los salteños su cantito musical.

Seduce la elegancia de esta gran iglesia, de sofisticación lograda con plomo y oro. Su cuerpo ancho emite destellos que se van flotando hacia el cielo.

Tiene una cúpula magistral y una torre, y cúpula y torre hacen una pareja sobria, que observa con atención a los hijos de la Virgen que andan por las calles.

Esa torre, de 44 metros, es hija de la devoción del alemán de Baviera Josep Heinrich Theodor Rauch. Se empezó, se suspendió, se retomó. Obra de la Fe, creció con el sustento de la Divina Providencia. Esta iglesia no nació aquí, ni tampoco así de fastuosa. Empezó capillita en una hacienda, construida para una virgencita de la Candelaria traída de Coimbra, Portugal, en 1600.

Algo pasó con aquella Virgen sentada que los vecinos de la comarca la adoraron todos. En 1735 fue mudada a Salta.

Museo de Uriburu

Más adelante seguiremos el recorrido por los tesoros arqueológicos de la religión y contaremos por qué la Catedral salteña alberga un milagro.

Ahora nos detendremos en la vida cotidiana de aquella Salta colonial, que tenía la gallardía y altivez que le otorgaban ser la reina de la corriente colonizadora desde el Perú. El orgullo de Salta tenía raigambre en reyes de Europa y de América.

Las casas de sus vecinos coloniales se emparentaban con las de Lima, Cartagena, Sucre y Guadalajara. Nos transporta hasta ese momento la Casa de los Uriburu, hoy Museo Histórico José Evaristo Uriburu.

En la calle Caseros (que se llamaba Calle Real de San Francisco cuando construyeron la casa, en el siglo XVIII) hay un frente suculento, de paredes anchísimas de adobe repintado de blanco, con una puerta oscura. No deja dudas de que allí dentro están los que mandan. Por esa puerta entraban los carros a un patio en el que se espera que en cualquier momento aparezca don Diego de la Vega disfrazado.

Se recorren seis salas que guardan objetos que pertenecieron a los Uriburu, a José Evaristo, a José Félix. A ellos los acunaron los mismos fantasmas familiares que presentimos hoy. La casa perteneció a la familia entre 1810 y 1920. Es en Salta donde están las estirpes que se alargan centenarias en una casa.

Casa de Leguizamón

La Casa de Juan Galo Leguizamón (también se la conoce como Casa de Don Pablo Arias Velázquez) hace la esquina de Caseros y La Florida. La construyeron en 1806. Tiene las paredes rosa intenso, las puertas verdes, los hierros negros y los ángulos filosos. Es una esquina tan característica que Salta no sería Salta sin ella.

El visitante descubre que, vivos en su interior, los muebles franceses tapizados de seda esperan el regreso de las señoras de la aristocracia, el piano guarda un vals para el regreso del general Paz, los balcones del primer piso desean volver a llenarse de entusiastas que vivan al general Martín Miguel de Güemes que regresa a caballo con su changada bravísima.

Iglesia San Francisco

Cuando a los 16 días del mes de abril de 1582 el licenciado en Leyes Don Hernando de Lerma leyó el Acta Fundacional de Salta, los presentes escucharon que quedaba establecido un lugar para la Iglesia de San Francisco. Y allí está: se la observa y se va directamente al siglo XVI.

Claro que la iglesia que se construyó entonces no era esta gloria arquitectónica que hipnotiza e impacta con su majestuosidad monárquica.

En pocas iglesias se siente como en esta que Dios es Unico. Sus columnas blancas son velas gigantes de marfil, el denso rojo de sus paredes es el púrpura real y el oro que la cubre de los pies hasta la cabeza expresa sin contradicciones que estamos ante el Palacio más importante de este mundo. Las ventanas de la iglesia miran al cielo francamente.

Junto al cuerpo principal está el cetro descomunal: la torre campanario más formidable de la Argentina y una de las más altas de Sudamérica, con 54 metros.

Su campana está amasada con el bronce de los cañones que consiguieron la Independencia. Los mismos que utilizó el general Manuel Belgrano cuando rezó aquí mismo por los hombres que dieron su vida por nuestra Libertad.

El interior de la iglesia alberga tesoros asombrosos: un San Pedro de Alcántara de Alfonso Cano, una pintura de San Francisco, probablemente de Zurbarán, y una talla del santo de Francisco de Rivera, una biblioteca con 40.000 volúmenes, que incluye incunables de 1488, un Niño Dios cusqueño del siglo XVIII, una virgen policromada de la misma época y una imagen de la Virgen de las Nieves, la primera virgen que entró en la ciudad de Salta.

La Catedral

Llegamos finalmente a la Catedral. Cuantas veces la voltearon las fuerzas del mal, este monumento a la persistencia de la Fe volvió a levantarse. Y hoy allí, frente a la plaza de la ciudad, en torno a la cual gira el Norte argentino. Cada vez que resucitó fue más magnífica la Catedral. La de hoy, una señora aposentada rosa y blanca, cubierta por dentro y por fuera de la decoración infinita de quienes la aman, derrama un lujo exuberante para festejar la religión, la relación con Dios.

Un lujo sólo parangonable con el de Oriente. En la Catedral de Salta lo más exquisito de este mundo se hace arte para celebrar el hallazgo de lo Divino.

Fue una iglesia de adobe cuando nació, y luego también fue un templo con una cúpula y dos torres.

En 1692 esta iglesia soportó un terremoto. La explicación de que haya resistido hay que buscarla exactamente un siglo atrás, cuando un cajón apareció flotando en el mar frente al puerto del Callao. Dentro del cajón encontraron un Cristo Crucificado. El Cristo siguió su travesía hasta Salta, donde fue a parar a otro cajón, hasta aquellos días de los terremotos. Entonces el padre José Carrión soñó con el ángel que le revelaba que aquel Crucificado salvaría la obra de Dios de la furia de las entrañas de la Tierra.

Y así fue que corrieron a colocarlo junto a la Virgen que había caído de unas torres. Entonces cesaron los sismos y nacieron Nuestro Señor y la Virgen del Milagro, y las procesiones que se reanudan en la ciudad cada 15 de setiembre. Todo para celebrar aquel sueño, aquel milagro.

Fuente: Clarín Turismo
http://www.clarin.com/suplementos/viajes/2010/01/03/v-02112061.htm


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