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Publicado: 22/08/2010
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Fuente: Clarín Turismo

Un paredón colorado, zorros, petroglifos, cóndores, algarrobos, ecos, una chimenea, un monje, desierto, guanacos, un hilo de agua. La lista puede parecer caprichosa, pero se va enhebrando a medida que uno se interna en uno de los paisajes más impresionantes de la Argentina: el Cañón de Talampaya, al sudoeste de La Rioja.

Este Parque Nacional Talampaya es como un libro a cielo abierto, en el que se puede leer la historia de la tierra. La formación tiene más de 200 millones de años y es uno de los pocos lugares del mundo donde uno puede observar una secuencia completa de sedimentos del periodo Triásico. Además, la zona constituye un importantísimo yacimiento paleontológico, donde se encontraron fósiles anteriores a los dinosaurios, y guarda tesoros arqueológicos, como misteriosos petroglifos precolombinos que se ven durante la visita turística.

En el 2000, el lugar fue declarado Patrimonio de la Humanidad por Unesco y es, junto con su vecino Valle de la Luna (en San Juan), el principal destino turístico de la región.

Secretos del desierto

Los zorros grises caminan por el estacionamiento en busca de comida. Para quienes los creían tímidos y huidizos, allí están, dando la bienvenida a los visitantes. No serán los únicos animales que veremos en este paisaje desértico. Sin embargo, la vida parece haberse retirado hace tiempo de aquí, aunque se esconden distintas especies. En el viaje por el interior del Parque descubriremos guanacos, algún ñandú y una pareja de cóndores que planean en vuelo cadencioso sobre la roca colorada.

El desierto tiene sus secretos y uno imagina el manantial invisible que debe alimentar las plantas que verá durante el paseo: desde retamas y jarillas achaparradas hasta añosos algarrobos. Para visitar el Parque, hay que contratar una excursión. El recorrido no se puede hacer por cuenta propia sino que, indefectiblemente, debe ser acompañado por guías.

Las opciones clásicas son el circuito hasta la figura de piedra conocida como El Monje (de dos horas y media) y el paseo hasta Los Cajones (más de 4 horas). Las dos excursiones se contratan –sin reserva previa– en la entrada del Parque y salen varias veces por día. La tercera opción es la visita de tres horas y media –guiada por la Cooperativa Talampaya– hasta La Ciudad Perdida, una espectacular depresión poblada de formaciones erosivas.

Si bien se puede combinar en un día la visita a Talampaya y al vecino Ischigualasto (Valle de la Luna), es recomendable dedicar un par de días a la zona para conocerla en detalle y visitar los dos parques, que, si bien pertenecen a la misma cuenca, presentan paisajes muy diferentes.

Las esculturas del viento

El Parque Nacional Talampaya tiene 215 mil hectáreas, de las que se recorre una ínfima parte. Las excursiones tradicionales se realizan en un vehículo por el lecho seco del río. Las perspectivas se estrechan, dilatan, alargan y aplastan en distintos tramos del recorrido. Los paredones desnudan curiosos relieves, como si un rastrillo gigantesco les hubiera dejado su marca.

La erosión del viento y del agua moldeó las paredes y armó figuras gigantescas: El Rey Mago, El Totem, La Catedral y El Monje, un coloso de piedra que le hace frente al desierto y que parece plantado en ese rincón árido desde el inicio de los tiempos. Los murallones de 160 metros de altura impactan desde lejos, con sus siluetas coloradas que quiebran la monotonía del paisaje. Mientras uno se acerca, los paredones formatean el entorno con contrastes que varían según la hora del día: rojizo, terracota, rosado, tierra. El color se debe al óxido de hierro, el mineral que recubre las formaciones. Los rojos contrastan con ese azul, casi cegador, del cielo.

En la parada del Jardín Botánico, los arbustos espinosos conviven con algarrobos de 10 metros, cuya presencia sorprende en este lugar condenado a la aridez.

Patrimonio arqueológico

Muy cerca del Jardín Botánico está La Chimenea, una altísima formación semicircular, en la que los viajeros prueban los rebotes del eco. Las voces vuelven varias veces, como si se resistieran a abandonar el paisaje.

Talampaya lleva grabada en su suelo la historia de la tierra. Resulta difícil imaginar que hace 225 millones de años aquí existió un paraíso de plantas tropicales, por el que se desplazaban criaturas que precedieron a todas las formas de vida conocidas.

Entre los fósiles y restos del Triásico encontrados en el parque, figura un pequeño reptil que vivió a comienzos de ese período y pudo haber sido el primer antecesor de los dinosaurios. También se encontraron varias tortugas fósiles.

Además de su riqueza paleontológica, Talampaya conserva pinturas rupestres de gran valor arqueológico. Muy cerca de la entrada, la Puerta de Talampaya es un conjunto de petroglifos con representaciones de figuras geométricas, humanas y de animales. Se destacan los “hombres mariposa”, que muestran a seres alados y con las cabezas recubiertas por una especie de casco. Nunca faltan los que asocian a las figuras con presencia extraterrestre, aunque lo concreto es que las pinturas tienen entre 700 y 1.100 años de antigüedad y pertenecen a primitivas culturas de la zona.

La excursión sigue en Los Cajones. El cielo se recorta sobre las interminables paredes, mientras el frío se cuela por las sombras. Trepamos piedras, atravesamos angostos corredores. Un hilo de agua serpentea por donde alguna vez el río moldeó estas descomunales paredes coloradas.

Fuente: Clarín Turismo


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